Las alteraciones de Aragón de 1591

El aumento masivo del impuesto de la Jornada de Inglaterra, la guerra en los Países Bajos y la financiación de la oposición católica francesa pronto llevaron a los ayuntamientos e iglesias a desafiar la autoridad de Felipe II.

La revuelta contra estos impuestos fue duramente condenada y provocó una revuelta general en 1591.

En Aragón, donde gobernaba de manera abusiva el príncipe Villahermosa en un ambiente hostil a la realeza, y gracias a los fueros de Aragón y a un sistema judicial especial (que sostenía al fugitivo Antonio Pérez), permitió que el rey enviara una figura de virrey para tomar el control de la situación.

Este virrey, el marqués de Almanara, sufrió en sus propias carnes la sublevación de Zaragoza del 24 de mayo de 1591, en la que resultó herido de gravedad y murió pocos días después.

Con el miedo de que la situación empeorase, Felipe II envió su ejército a Zaragoza para hacer frente a una serie de pequeñas tropas dirigidas por Juan de Lanuza, que fueron derrotadas sin contemplaciones.

A finales de 1591, las cárceles de Zaragoza estaban llenas de rebeldes, y en octubre fueron ejecutados setenta y cinco presos. El 30 de noviembre, Felipe II viajó hasta Tarazona a lomos de su caballos blanco, para ser recibido por las Cortes de Aragón, y el 20 de diciembre, Lanuza fue decapitado en la Plaza del Mercado de Zaragoza.

Felipe II, nunca más volvería a ver una rebelión en suelo español, y esa sería la última vez que interviniera personalmente en el conflicto. El monarca de 66 años empezaba a ver decaer sus fuerzas.

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