Los Consejos Generales

Felipe II gobernaba en un imperio de cincuenta millones de personas que abarcaba desde Filipinas hasta España, pasando por México, Perú, los Países Bajos y la mitad de Italia.

Las grandes cantidades de información y de asuntos a tratar requería que el rey trabajara hasta altas horas de la madrugada, despachando y firmando papeles. Algo que le acompañaría el resto de su vida.

Felipe II quiso mantener el sistema de los Consejos permanentes heredados tanto de su padre como de sus bisabuelos los Reyes Católicos. Únicamente introdujo tres consejos más en su gobierno entre 1555 y 1588.

Cada Consejo disponía un presidente, un secretario y varios consejeros. También se contaba con la existencia de una Junta permanente llamada de Obras y Bosques.

Los Consejos generales fueron los siguientes:

-Consejo Real de Castilla
-Consejo Real de Aragón
-Consejo de la Santa Inquisición
-Consejo de Órdenes
-Consejo de Cruzada
-Consejo de Aragón
-Consejo de Italia
-Consejo de Portugal
-Consejo de Flandes
-Consejo de Cámara
-Consejo de Estado
-Consejo de Indias
-Consejo de Guerra
-Consejo de Hacienda
-Junta de Obras y Bosques.

En 1570, a causa de la cantidad de correspondencia y burocracia generada, se formuló un informe sobre cómo distribuir al rey los distintos asuntos de los Consejos. Este contenía unas 326 categorías o divisiones de diferentes cuestiones.

El rey Felipe II confesó en multitud de ocasiones que los asuntos de Hacienda no los llegaba a entender.

Por otra parte, los secretarios tenían la posibilidad de seleccionar y filtrar las informaciones antes de presentarlas al rey. Con ello comenzaron las rivalidades entre ellos y sus partidarios, las cuales generaron la existencia de varias fracciones dentro del gobierno.

La rivalidad entre Ruy Gómez Silva, amigo desde la infancia de Felipe II y defensor de una política más “papista” y el duque de Alba con una tendencia más “castellanista” provocó que casi cada consejero tuviera que posicionarse con una u otra opción.

Todas las familias importantes luchaban por tener algún puesto relevante en el Gobierno, y esto tuvo como consecuencia que se dieran numerosos roces y rivalidades entre ellas, así como con los ministros y otros hombres en el poder.

Felipe II era plenamente consciente de estas rivalidades y generó también canales de comunicación directa que garantizaban la “entrega en su mano” de documentos sin que ningún ministro pudiese interceptarlas, así como utilizó la interceptación de otras cartas de aquellos de los que desconfiaba.

Al no decir nunca abiertamente lo que pensaba y ocultando sus intenciones, Felipe II se ganó la fama que le acompaño siempre, ser “el rey prudente”.

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