El arte tiene un precio

Felipe II, un rey amante de la arquitectura, ideó el proyecto como un monumento a la altura de la dinastía de los Habsburgo: el Monasterio de El Escorial, denominada también «La octava maravilla del mundo».

Felipe II, al que apodaron como «El Prudente», siempre fue muy cuidadoso en todas las acciones que llevaba a cabo y por ello supervisaba cada detalle de la construcción: desde las obras hasta la selección del mobiliario, los manuscritos de la biblioteca y los tapices que adornaban las paredes. Fueron dos arquitectos los encargados de diseñar y supervisar la construcción de este gran monasterio. Primero, Juan Bautista de Toledo realizó la «traza universal». Tras la muerte de este, Juan de Herrera se encargó de acabar la construcción con el estilo conocido como herreriano.

Cuando las obras concluyeron, 21 años después, habían supuesto seis millones y medio de ducados a la corona española, lo que se traduciría hoy en día a más de 585 millones de euros. Esta cifra representaba más de los ingresos de Castilla durante todo un año a pesar de que España era la mayor potencia europea de la época y sus ingresos provenían del oro y la plata traídos del Nuevo Mundo.

Un coste completamente desorbitado que respondía a un sueño del rey durante su juventud, que además de ello construyó más de una decena de grandes edificios por toda la Península Ibérica. Durante el reinado de Felipe II, la Hacienda Real se declaró en bancarrota tres veces, la última un año antes de acabar las obras de El Escorial.

En el día de la apertura de la Basílica y tras 35 años de trabajo en los que se emplearon recursos de todo tipo, curiosamente se dice que Felipe II comenzó a llorar a la vista de todos sin poder ocultar la emoción que esto le producía.

Gracias al sueño y empeño de Felipe II, el Monasterio de El Escorial se convertiría en monumento histórico-artístico de España en 1931 y finalmente Patrimonio de la Humanidad en 1984.

Si quieres conocer de primera mano este impresionante monumento, no pierdas tu sitio y súbete al tren de Felipe II.

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